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Tenemos 6 invitados conectado| La corrupción en el periodismo mexicano |
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| Martes, 04 de Noviembre de 2008 12:09 |
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Por Gerardo Albarrán de Alba Uno de los mayores problemas históricos del periodismo en México es la corrupción, propiciada por una viciada relación entre las empresas periodísticas y los gobiernos que data desde mediados del siglo pasado, cuando la connivencia entre la prensa y el poder político alcanzó su mayor expresión: el 7 de junio de 1951, los dueños y editores de los principales periódicos y revistas del país, así como los empresarios de la radio y la recién nacida televisión privada, organizaron una comida para agradecerle al presidente en turno, Miguel Malean Valdés, por resolverles el problema de escasez de papel. Desde entonces, y hasta 2003, cada año en esa fecha se reunieron para protagonizar una representación del “Día de la libertad de expresión”, en el que los medios exhibían sin pudor su conducta cortesana y llenaban de halagos al presidente, mientras éste se asumía como promotor de la libertad. Los pocos medios que se resistieron a estas prácticas, verdaderas excepciones a esta regla, fueron estrangulados jurídica y financieramente, o de plano sometidos incluso con la violencia. Paradójicamente, en esa misma fecha, el presidente entregaba los premios nacionales de periodismo, que incluían un generoso cheque para los beneficiarios de este “reconocimiento”. Las prebendas para las empresas periodísticas pasaban por el reparto discriminado de publicidad oficial, las exenciones y créditos fiscales, los préstamos de emergencia en situaciones de crisis, la omisión gubernamental para cobrarles impuestos y otras obligaciones, así como los privilegios personales para dueños y directivos. Así se corrompieron los medios, que encontraron una fórmula para acrecentar sus ganancias: castigar los sueldos de su personal periodístico a niveles incluso de miseria. Fue entonces que el gobierno adoptó la práctica de compensar a los reporteros y fotógrafos mediante pagos mensuales que se hacían directamente en las oficinas de prensa de las dependencias públicas. Los periodistas equilibraban así sus ingresos, al costo de cuidar en extremo los temas sobre los que escribían, particularmente durante la cobertura de eventos de especial importancia, cuando recibían un pago adicional de manos de funcionarios públicos. Los políticos aprendieron rápidamente las ventajas de pagar a los periodistas para exaltar su imagen pública, o para denostar la de otros. Los pocos periodistas que no aceptaban ese soborno eran mal vistos por el propio gremio, que recelaba de ellos. Esta práctica se extendió, durante esos años, incluso a la iniciativa privada, que también pagaba a periodistas. Este pago ilegítimo, erogado con recursos públicos, se conoce en México como “chayote”, aludiendo a un vegetal cubierto con espinas. Había que aprender a tomarlo sin herirse. En mi experiencia personal, en 1982 recibí el “consejo” de un dueño y director de un periódico para el que yo trabajaba, que cínicamente me dijo: “Si no te compromete, agárralo”. Ese director sabía que su empresa me debía dos meses de salario. Ese mismo día renuncié, por supuesto. Esta complicidad entre los medios y el poder político emanado del Partido Revolucionario Institucional, que gobernó a México desde 1929 hasta el año 2000, no terminó con la alternancia en la Presidencia de la República. El primer presidente no priista todavía encabezó ceremonias de ese corte. Después aprendería a utilizar los recursos públicos como mecanismo de castigo contra los medios que no les son afines, y la actual administración federal mantiene la misma conducta. La iniciativa privada no fue ajena a este problema. Aún hoy, muchas empresas del sector privado consideran que pagar a periodistas es un medio efectivo para cuidar su imagen y se muestran particularmente dispuestos a pagar sobornos como eje de sus estrategias de manejo de crisis. Afortunadamente, la evolución de la sociedad mexicana y el debilitamiento del sistema político que rigió al país durante más de 70 años encontró eco en algunos grupos de periodistas que, desde hace 30 años han creado periódicos y revistas más críticos e independientes. La gradual profesionalización de reporteros y fotógrafos contribuyó a elevar los estándares éticos de la profesión, y los salarios profesionales mejoraron sustancialmente, al menos en la capital y en las principales ciudades del país. Sin embargo, la práctica del “chayote” no se ha eliminado del todo. Si bien a nivel federal es prácticamente inexistente –o por lo menos ya no generalizado y sí muy selectivo–, sólo unos pocos gobiernos estatales y municipales lo han erradicado. Pareciera que los gobiernos han aprendido que es más barato controlar el flujo de publicidad para premiar y castigar a los medios, lo que ha trasladado toda la carga de responsabilidad por la autocensura a los propios medios que, pese a todo, siguen pagando salarios muy bajos a sus periodistas, en términos generales, sobre todo en los estados del país. Esta situación ha llevado a muchos periodistas a encontrar otras fuentes de financiamiento. Los mayores recursos están hoy en el crimen organizado. En los últimos años se ha logrado documentar que algunas agresiones e incluso el asesinato de algunos periodistas no obedece a su ejercicio profesional, sino a castigos de sus nuevos patrones. Esto nos preocupa en extremo porque no sólo afecta a la imagen general del gremio periodístico, sino que dificulta las tareas de protección de los periodistas. Un ejemplo claro de esto son las alertas que algunas organizaciones, como el CEPET, emiten cada vez que un medio o un periodista son agredidos, actos que por sí mismos constituyen no sólo un atentado contra las libertades de prensa y de expresión, sino contra el derecho a la información de la sociedad. Esto implica un nuevo dilema para las organizaciones de defensa de los periodistas, y exige revisarlos criterios metodológicos para enfrentar eficazmente estas situaciones. ............... |
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